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Encontrar el amor en el Camino

Radio Camino de Santiago 9 enero, 2022


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Encontrar el amor en el Camino: No todos los peregrinos que llegan hasta Santiago de Compostela deciden continuar su Camino hasta Fisterra. El zaragozano José González y la suiza Franciska Kohler sí lo hicieron. Era enero. Cuando llegaron a la punta del acantilado coruñés la luna se reflejaba en el océano Atlántico. Era la primera llena del mes. Y allí se conocieron estos dos caminantes, que acabaron formando una vida juntos.

Los detalles los da José, porque no se olvida del momento en el que se encontraron y de cómo la ruta jacobea les cambió la vida. Ambos dejaron su familia y sus trabajos atrás para restaurar e instalarse en una casa en Palas de Rei, en San Xiao do Camiño. Se llama el Castillo del Lobo y ahí, en su «trinchera», tuvieron a sus tres hijas y hacen su «aportación al mundo».
En Zaragoza, José González tenía una empresa de construcción. En el 2005 decidió hacer el Camino para conectar consigo mismo. Fue hasta Santiago con su perro, Lobo, cuya pata está ahora grabada en el suelo de la entrada de su casa. «Peregriné sin nada porque necesitaba vivir toda la energía de la experiencia, así que iba buscando hospitalidad, llegué a ir descalzo e iba vendieron artesanía por el camino», cuenta. La ruta de Franciska, que era jardinera en su país natal, fue un peregrinaje más común, aunque ambos sintieron lo mismo. «Lo que queríamos hacer con nuestra vida ya lo teníamos dentro, pero el Camino nos permitió descubrirlo».

«Vendí mi empresa para venir»

Los dos peregrinos pasaron un mes juntos en Muxía tras llegar al fin del mundo y después cada uno volvió a su ciudad natal. Pero José rápidamente regresó a Galicia porque desde que cruzó la frontera peregrinando no tuvo «ni una duda» de que era su lugar. «Decidí vender toda mi empresa y con el dinero que me quedaba compré esta casa, que en aquel momento era una ruina», cuenta.

Su experiencia en la construcción le permitió darse cuenta a primera vista del potencial que tenía, así que él mismo se puso manos a la obra para levantar el Castillo del Lobo. «Me encantó hacerlo porque nunca había trabajado con piedra», detalla José. Era un proyecto conjunto con Franciska, aunque a la suiza le costó más instalarse en Galicia: «Al principio no me llamó, pero desde que me mudé descubrí la magia de su naturaleza y ahora no me iría de aquí». Estuvieron reformando la casa durante cuatro años hasta hacerla milímetro a milímetro como habían soñado.

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FUENTE: LA VOZ DE GALICIA


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